Crónicas de viaje


La casa entre los viñedos

(Por Roberto C. Neira.). Abril en Portugal, la herencia de Vasco da Gama, lavanderas y molinos de viento, el rojo profundo del vino de Oporto, las doradas playas del Atlántico. Una precoz primavera que se percibe en el aire apenas uno pisa tierra lusitana.

Entre campiñas verdes, tejas rojas y la atmósfera templada, agradable y tonificante del mar, están también las montañas. Al norte de Portugal, casi en el límite con España, asistimos al saludable recuerdo de la historia en sorprendentes paseos por la región del Alto Támega. Una naturaleza que es pródiga en salud a través de las virtudes de sus aguas minerales que le dan el justo título de "Paraíso Termal".

Quienes practican equitación, golf, tenis, deportes náuticos, caza y pesca, pueden encontrar allí las posibilidades más interesantes, contagiados por una escenografía natural rodeada de templos medievales y costumbres ancestrales.

Como imaginarán los lectores, las vivencias del viaje tornaron difícil la elección de una nota, entre tantas que, seguramente, quedarán para ser contadas más adelante. Hasta que, finalmente, nuestra elección recayó en el paseo realizado por el valle del río Duero (Douro).

Quizás único, su gran riqueza natural y sorprendente paisaje se asocian con un extraordinario patrimonio artístico, creando un marco excepcional para el turismo y los negocios. Pero es sobre todo la presencia del río Duero, que atraviesa la región, lo que le otorga un carácter muy especial. Tanto las autoridades como las habitantes de estas tierras, conscientes de su potencial, han aprovechado convenientemente cada uno de sus recursos y, de forma especial, han incidido en dos aspectos claves para la región: el turismo y los vinos. Precisamente, uno de los puntos principales gira en torno a las posibilidades que ofrece el Duero, que no sólo es bellísimo sino también navegable. Sin embargo, este aspecto no es conocido y hay mucha gente que todavía ignora esa virtud. De hecho, un crucero por sus aguas puede convertirse en una experiencia inolvidable.

De los cinco programas que usualmente se le ofrecen al turista por esta vía navegable, hay uno, el que transcurre desde Oporto hasta Barca de Alba, que ofrece al pasajero una visión completa y diferente de la región. Otra posibilidad, muy atractiva por cierto, es el viaje por carretera rodeando el río en innumerables vueltas hasta el Alto Duero.

Accediendo a la invitación de Joâo José Rodrigues de Freitas, representante del Instituto de Promoción Turística en la zona norte, dispuso rápidamente de una "combi" para que nos transportara hacia la Quinta de Ferreira, una antigua familia de vitivinicultores muy famosos no solo en Portugal sino en el mundo entero. Poco tiempo después de haber iniciado la marcha, al dejar atrás las edificaciones de la laboriosa capital del Norte y segunda ciudad de Portugal, apareció Vila Nova de Gaia, el escenario místico del vino de Oporto.

Curiosos puentes centenarios atraviesan sus orillas -uno de ellos, el del ferrocarril, fue proyectado por Eiffel- enmarcadas por playas de arena fina con frondosos pinares. Más adelante, comienza a surgir la majestuosa belleza de la montaña encerrando aldeas arcaicas y tranquilas que se van desplazando rápidamente a lo largo del camino.

Al atravesar el río Támega, surgió un pequeño poblado llamado Amarante. Allí, tomamos el primer café de la mañana, mientras desde uno de los puentes que circunda la ciudad, pudimos vislumbrar la silueta de la iglesia y convento de San Gonzalo (siglo VI y VII), enmarcado por la bruma matinal y reflejando una postal "cuasi" pictórica (ver foto).

Ubicada en la falda del majestuoso Marâo, Amarante se distingue por las pintorescas acequias e islotes que asoman en el río Támega y por una excelente gastronomía compuesta por dos platos tradicionales: el "cabrito con arroz al horno" y el bacalao a la "Zé de Calçada" y un amplio surtido de pastelería muy exquisita. Aquí la vida se mantiene al ritmo de las tradiciones.

Los espacios son amplios, por lo tanto son recomendables los paseos a pie. La artesanía y el folklore con los "Zés Pereiras" (famosos cabezudos) y los vinos "roses" de Mateus, un hallazgo para expertos vinícolas, complementan el marco atractivo que se ofrece al turista que visita la región. Los valles del Duero, escalonados, convocan todos los años a la colorida ceremonia de las vendimias.

Al alejarnos de Amarante observamos como las bifurcaciones del camino y la angosta carretera que serpenteaba entre las montañas obligaban a reducir la velocidad en varios tramos. Mientras tanto, el Duero aparecía y reaparecía serpenteante detrás de las colinas.
A mediodía, arribamos a Régua situada en el anfiteatro vinícola de Portugal. Fundada en 1756 por el Marques de Pombal, Régua es la tierra de los barcos "rabelos" que transportaban el vino fino para las Bodegas de Oporto. De inmediato, asistimos a la sede social de la Federación de Vinicultores de la Región del Duero: "Casa Do Douro".

Considerada el santuario de los productores, la "Casa Do Douro" defiende los intereses de los vinicultores y el control de la calidad del principal producto: el vino. En este organismo se mantiene actualizado el registro de 96.000 propiedades vitivinícolas. Entre otras actividades, concede certificados de procedencia; distribuye anualmente el mosto autorizado para la producción de vinos generosos; presta información y asistencia en técnicas para conservación de vinos y la construcción de bodegas; obtiene financiamiento para los vinicultores y fomenta el cooperativismo, prestando apoyo técnico y financiero.

La hora del aperitivo fue una excelente excusa para probar el vino producido en la región. Nos sorprendió agradablemente un moscatel de la zona de Favaios de características especiales y casi únicas. Reiniciando nuestro camino, nos internamos por una pintoresca carretera y al cabo de dos horas llegamos a la región del Alto Duero.

Hermosa, grande, ubicada sobre una loma con una visión magnífica del río y las montañas circundantes, la Quinta de Ferreira, fue comprada en 1863 por Doña Antónia Adelaide Ferreira, que enviudó a los 33 años, dedicándose a los negocios. Doña Antónia poseía un admirable sentido comercial y la quinta se convirtió en uno de los lugares más concurridos por la clase adinerada de Oporto.

Dedicada a la producción vitivinícola desde siempre, la Sociedad Ferreira es hoy famosa en el mundo entero por el vino de Porto (Oporto Ferreira). La casa sirve de residencia para invitados, clientes y personas de un cierto nivel social. Fue restaurada en 1960 por los arquitectos Bernardo Ferrao y Francisco Barata quienes le agregaron una piscina y fue amueblada con piezas del siglo XIX compradas a anticuarios locales.

La elegancia del portal, la armonía que reina en el paisaje, los muros y las escaleras, las puertas y ventanas, la terraza y los patios cubiertos de viñas, a lo que se agrega una pequeña capilla y la infaltable y grandiosa bodega, ofrecen una real dimensión de la inteligencia y voluntad de hospitalidad que reinó siempre en tierras de la familia Ferreira.

Aún hoy, se conserva en la zona el espíritu de antaño. Aquél que nació y perduró con el talento de una gran mujer: Doña Antónia Adelaide Ferreira...




No hay comentarios: